Leyendo Hamlet con mis hijas



Brandy, quien escribe en su blog Afterthoughts, está lanzando una serie de posts titulados  Aprendiendo a Vivir, convirtiéndome en una maestra estilo Charlotte Mason en un mundo utilitarista, y nos ha invitado a algunas madres a que escribiéramos si queríamos sobre nuestra experiencia en continuar nuestra educación, o aprender algo nuevo mientras educamos a nuestros hijos en casa. Añade, “si las lecciones aprendidas se convierten en una bendición para los niños, mejor”.

“Aquí entro yo”, pensé.

Hace un par de semanas, en una video entrevista, una mamá honesta me dijo que por mi blog, ella se pensaba que era alguien un tanto snob, una mamá creidilla que iba de intelectual. Pero enseguida añadió que esa idea se le desvaneció en cuanto me vio en la pantalla y me oyó hablar. Entonces me vio más normal, alguien accesible.

Aprecio mucho ese comentario sincero. Cuando otros te escuchan mediante lo que escribes, es casi seguro que se queden atrapados en esta imagen falsa de tu persona. Puedo aseguraos que lo que escribo en el blog, y las fotos tan apañadas con que lo aderezo, son mil veces más bonitas y pueden parecer artificialmente perfectas. Es el dilema de la Internet, imagino.

¿Y qué tiene todo esto que ver con el título de mi post y con la serie de Brandy? Fácil. Hay un grupo de mamis aquí en la web, y ahí fuera, en la vida real, que se están convirtiendo en maestras al estilo Charlotte Mason en un mundo utilitario, como dice Brandy. Somos de diferentes lugares, vivimos en diferentes estados o países, pero también compartimos metas comunes, aspiraciones similares, las mismas perspectivas en cómo crecer y vivir esta vida que hemos escogido de ocuparnos de nuestros hijos y además continuar educándolos principalmente en casa y con nuestra guía. Aunque somos como cualquier otra mamá, hemos escogido educarnos a la vez que nuestros hijos, no sólo en disciplinas que nos interesan y nunca pudimos aprender, sino en el gentil arte de la enseñanza. Además hemos escogido a nuestra maestra de maestras, Miss Mason. Y sospecho que esta elección tiene que ver con el que para Charlotte Mason, El Señor era su primer y más importante maestro. Charlotte Mason nos transmitió con claridad y belleza en sus numerosos escritos lo que es una verdadera educación, y cómo ser un maestro honesto y bueno.

Entrando en detalles, cuando leí sobre Charlotte Mason por primera vez, mediante el libro de Karen Andreola, A Charlotte Mason Companion, me atrajo esta educación tan bella y rica, pero me parecía muy ajena a mis circunstancias. No comparto la pasión por la jardinería ni de tejer que tiene Karen, no soy nacida en Gran Bretaña ni en Estados Unidos, no había leído casi ninguno de los libros que menciona, no sabía mucho de pintura, compositores… todo parecía demasiado ideal, demasiado perfecto, inalcanzable). Hay que tener en cuenta que Karen nos habla de su proceso personal y cómo hizo los principios de Charlotte Mason suyos, ajustándolos a su personalidad y a su familia, con sus peculiaridades, sus fortalezas y sus necesidades particulares. Aún pensaba que el libro mencionaba principios e ideas generales que podría poner en práctica y aplicar en mi casa, con mis hijas.

En esa etapa pensaba todavía que el homeschooling era su asunto, y mi responsabilidad era encontrar libros, recursos, y currículo, y ser el pegamento o la persona que pusiera en contacto a las niñas con ese corpus o contenido que DEBÍAN saber para estar a la altura de sus compañeros de escuelas públicas, o mejor si podían sobrepasarlos. Mi corazón y mi amor por el homeschooling estaban cegados por el aclamado éxito académico de los niños homeschoolers, y por la superioridad moral que parecían tener. Este pensamiento va así, “mis hijos no están corrompidos por el mundo, somos una familia cristiana, practicamos el homeschooling, hemos encontrado la receta para educar a niños cristianos y brillantes”. Iba a emplear los libros y recursos de Charlotte Mason con un punto de vista educativo utilitarista. En ese momento miraba con desprecio otros métodos, teoricé mucho en el blog, y me parecía que mis hijitas eran no menos que perfectas. Encontré la página de Ambleside Online, y estaba feliz haciendo amistades, leyendo de los éxitos y fracasos de otras familias, y secretamente pensando que seguiríamos los planes de estudio de Ambleside Online a la perfección y así evitaría todos los errores y fallas. Seguro que otras madres no habían leído ni se habían preparado tanto como yo.

Una niña de kindergarten.

Mi hija cumplió seis años, y decidí hacer un kindergarten ligero antes de meternos con el año 1 de Ambleside Online, pues si estuviera en una escuela pública, este sería su año de Kinder, no de primero. Mis planes eran mucho más ambiciosos que lo que una educación estilo Charlotte Mason sometería a un niño. Ambiciosos en el sentido utilitario o fijado en resultados palpables. Tenía hambre de fichas o worksheets, y ganas de seguir esos libros y sus instrucciones. Me imaginé leyendo esas lecciones ahí puestas, y mi hija siguiéndo con interés, y haciendo la ficha o página de práctica correspondiente. La enseñaría a formar las letras perfectas, y ella escribiría día tras día sin quejarse, con una sonrisa en el rostro. Haría lo que los demás y aún más, y sería la estudiante perfecta, deseosa de más trabajo de mesa, y leería por su cuenta a todas horas una vez terminadas las lecciones.

Nada pasó como esperaba. Derrotada, me sumergí en un proyecto atrayente, acepté la propuesta de Stephanie de traducir su curso de Charlotte Mason de manera fácil. Esta vez traduje parte de los escritos originales de Charlotte Mason, y una biografía que Stephanie escribió basada en el libro de Essex Choldmondeley, La historia de Charlotte Mason. Las ideas empezaron a tomar lugar en mi mente. Me replanteé lo que estaba haciendo, y concluí que lo había hecho mal, que tenía que empezar desde algo más pequeño e ir creciendo, y esta vez no perdí la idea de tener que VIVIR esto yo misma para inspirarlo en mis hijas. Aún estaba aferrada a la idea deshonesta de que, si modelo x, y, y z, mis hijas automáticamente producirían x, y, y z, y todo lo demás. Mis motivos por querer aprender más sobre la naturaleza, o leer ciertos libros, o entender matemáticas a fondo, tenían una motivación equivocada.

Una niña AO año 1.

Y comenzamos el año 1 de Ambleside Online. La magia comenzó, pero no duró mucho. A la vez que estaba maravillada de los libros que la leía en voz alta, algunos eran muy difíciles para mí, y no me “entretenían” tanto como esperé. Nuestras lecciones requerían esfuerzo y preparación, y no veía aún por qué tenía que prepararme para algo que las niñas debían hacer ellas sólas, incluso si era difícil y si no lo había explorado yo antes. Después de todo, oía cómo otros niños hacían maravillas, los niños y familias de los foros de ambleside en yahoo en aquel momento, antes de que unificaran todos los foros en uno, esos niños eran lectores voraces, académicamente destacados, y las madres parecían superwoman. Y este año fue un despertar frío y triste. Me daba pena a mí misma, pena de ser tan mediocre como mamá y como escolar. Incluso cuando podía apañarme y escribir un post muy bonito, las cosas no iban muy bien en casa. Mi hija no era perfecta. Se resistía, no quería narrar, no le gustaba ni entendía la mayor parte de los libros, ni le gustó Charlotte’s Webb ni otros de los libros que otros niños adoraban, no le gustaba dibujar tras un paseo por la naturaleza, perdió interés en matemáticas. ¿Qué importa? Yo seguía feliz discutiendo esto del homeschooling con amigas por todo el mundo mediante nuestros blogs y mediante email, y eso me mantuvo feliz y ocupada. Seguí dando consejos a dos manos, incluso si no los aplicaba en mi casa. Fuimos a Europa y de vuelta, sobrevivimos desde enero a mayo o junio, y “completamos el año 1”. En verdad debo decir que hubo grandes momentos, pero no suficiente para mantener nuestros días o mi salud mental. Planeé el año segundo en el verano, nos tomamos un descanso, las niñas fueron a la piscina, vieron películas y dibujos, y la vida continuó.

Una niña AO año 2.

El año segundo no fue mucho mejor que el primero para mis hijas. Los libros eran difíciles, las mates imposibles, y me empecé a cuestionar si esto de Charlotte Mason era para nosotras. No sé qué me hizo insistir y persistir en este estilo educativo. Quizá estaba muy metida en ello para abandonar, o aterrada, o avergonzada… ¿cómo iba yo, representante de Charlotte Mason en español, a convertirme en unschooler o abandonar las practicas y el rigor de esta educación? Algo en los libros me mantuvo cerca de ellos. Recuerdo varias ocasiones en que comencé a leer, mis hijas se despistaron, y yo seguí hasta el final del capítulo leyendo sóla. Recuerdo haberme sentido cautiva por el interés y la fuerza del amor al saber que el mismo conocimiento emana.

Entonces cambié mi enfoque. Dejé de ser policía y mi obsesión por el rendimiento de mi hija y su relación con sus estudios, y me fijé en mi propia búsqueda de conocimiento. En este periodo participé en dos lecturas de libros con Brandy, Mysty y otras personas, y leímos y escribimos en nuestros blogs sobre dos lecturas difíciles y muy inspiradoras. Sin epifanías ni cascabeles, por la simple acumulación de gotas, como dice Cindy, comencé a ver qué beneficioso, -poéticamente hablando, no cuantitativamente-, era educarse uno mismo. Me encontré a mí misma en todo esto, dejé de darme pena por mis deficiencias cuando me comparaba con otras personas, y me aferré a mis fortalezas. No voy a dar eco al pensamiento vacío que flota en el aire estos días de que todos somos artistas, todos somos especiales, y todo es maravilloso, pero puedo asegurar que todos tenemos más dentro que ofrecer y cultivar de lo que pensamos. Pero se requiere meditación, oración, e introspección, -no necesariamente libros de autoayuda, reconstrucciones, ni charlas motivacionales-, para encontrar estas fortalezas y cualidades únicas que todos tenemos.

Una niña AO año 3, y una hermana AO año 1.
Ya lo “tengo”. Charlotte Mason habla de Madre Cultura, atmósfera, disciplina, vida, de los niños como personas. Todo esto resurgió en mi cabeza con una nueva luz. “Lo tengo”. Tenía que convertirme en aprendiz yo misma y ante todo, sin motivos escondidos ni deshonestos, sólo por la profunda comunión que es enamorarte del saber y restaurar el orden de afecciones en mí. Aprender tenía que ser mi vida, y entonces, mis hijas seguirían este camino, a su tiempo y manera, y yo no iba a juzgar cuando, cómo, cuánto, o qué. Sólo ofrecería este festín con gentileza y humildad, y lo pondría a sus pies. Iba a requerir cierta actitud, su atención, su confianza, y el resto ocurriría por la fuerza del saber, por el amor que el saber contiene, porque es nuestra naturaleza alabar a Dios, aprender del mundo y el hombre que Él ha creado. Y este es un fuego perpetuo que te ayuda a vivir y salir de momentos en que te sientes quemada o desanimada.

Leyendo Hamlet con mis hijas.

En el mundo de las familias inspiradas por Charlotte Mason, nuestros hijos son un ejemplo de cualquier otro niño. Algunas familias tienen hijos con retos de aprendizaje como dislexia, por nombrar uno muy conocido, o hijos que leen vorazmente, o que rehúsan leer, niños verdaderamente superdotados, no sólo brillantes, y muchos más en medio, niños que aprenden despacio, rápido… Pero es muy común en estas familias que permanecen constantes con los principios educativos de Charlotte Mason, y cuyas madres están ahí, al lado de sus hijos, aprendiendo cosas nuevas con ellos, redescubriendo antiguas pasiones o encontrando otras nuevas, leyendo para crecer como personas y maestras de acuerdo a su estilo, inclinaciones, y posibilidades, es muy común oir que los niños están floreciendo y llegando a unas alturas difíciles de creer en su aprendizaje. Pero si estás sólo fijándote en el producto sin someterte tú misma al proceso, buscando un atajo práctico, una solución rápida, me pregunto si alguna vez llegarán tus hijos a “estas alturas académicas que impresionan tanto”, o a “desplegar un carácter moral y cristiano sin tacha”, incluso si así lo hacen, no habrán cambiado desde dentro, y antes o después perderán el interés en sus estudios y el barniz externo de moralidad y educación se perderá en la primera tormenta que afronten.

Nuestros hijos no son raritos ni genios, no somos madres intelectuales, ni personas que leen para presumir o aparentar. Simplemente hemos encontrado un hueco en el mundo de los clásicos que cautivan, el mundo de observar, amar, vivir. Nos animamos y nos damos fuerzas unas a otras a ser más completas, humanas, poéticas, personas que inspiran.

Ya no aspiro a que mis hijas lean a Shakespeare, Plutarco, Bunyan, aprendan Latin, o sepan matemáticas complicadas porque son niñas homeschooled y tienen que sobresalir. Ahora sé de primera mano el valor, la dicha, la importancia existencial de explorar estos autores y disciplinas porque me encuentro constantemente sumergida en este proceso de aprendizaje. Y es difícil creerlo, pero, gotita a gotita, como Cindy dice, todo esto se puede conseguir. Cuando miro atrás estos tres, cinco años, me cuesta creer que la antigua Silvia no podía nombrar una planta o pájaro aunque de ello dependiera su vida, una Silvia que no había leído -llena el espacio con lo que prefieras-, que no había trabajado en un problema de matemáticas sólo por retar su mente. Y mis hijas, ni decir todo lo que han aprendido y los múltiples intereses que han desarrollado y continuan descubriendo. Muchas veces nos critican a los homeschoolers de que los padres no podemos aprender todo el contenido de cada disciplina para ser maestros competentes, que no podemos ser buenos maestros de matemáticas, ciencias, literatura… no podemos ser maestros de todo a esos niveles, por lo que no podemos educar a nuestros hijos sólos con éxito.

Mis conclusiones son estas, cierto, no hay manera de que uno pueda aprender todos los hechos, todo el contenido. Francamente, por mucho que estoy interesada en una gran variedad de temas y disciplinas, sé que no tengo el tiempo para convertirme en “experta” en todas ellas, y además no quiero ser “experta” tampoco, sólo quiero ser la mejor maestra que pueda ser. El arte de la enseñanza no consiste en amasar hechos y conocimiento, sino en la sabiduría que se tenga. Nosotras, mamis, cualquier madre, -no importa qué tan buena o deficiente haya sido nuestra educación-, toda madre que tenga voluntad, claro, puede convertirse en esa maestra excelente. No sólo, tenemos la obligación moral de convertirnos en la mejor maestra para nuestros hijos. Y no estoy hablando de estilos de enseñanza, o diferentes tipos de estudiantes, si orientados por el lado derecho o izquierdo del cerebro… Estoy hablando de maestras que son estandartes vivientes del arte perdido del aprender por el amor a aprender.

Si somos verdaderos aprendices, seremos maestros honestos, si podemos modelar e inspirar que el trabajo y esfuerzo, no importa cuán difícil, está lleno de recompensas, nuestros hijos trabajarán, disfrutarán, y todos nosotros no tendremos dificultad en encontrar los datos y el contenido que irá construyendo la base de su educación. De hecho, las personas a cargo de Ambleside Online han sido tan amables de ofrecernos todo ese “curriculum”, contenido y recursos que podemos escoger en nuestra expresión personal de esta educación estilo CM. Según los niños crecen con esta base, se convertirán en aprendices a nuestro lado, y pronto nos sobrepasarán en nuestros esfuerzos como adultos. He visto esto cuando he abierto Hamlet, escéptica, con todo mi bagaje de dudas e inseguridades, no muy convencida de que merece la pena el esfuerzo leer esta obra, y con esa nebliina utilitaria que aún me ronda la cabeza, y he visto a mi hija de nueve años interesada, relacionándose con Hamlet sin analizarlo ni pedir permiso, cómoda sabiendo que no tienes que entender todas y cada una de las palabras para escuchar o leer algo. Una niña humilde en su inexperiencia que no sabe ni piensa que leer Hamlet se supone es una marca de intelectualismo o superioridad académica. Una niña que piensa que Shakespeare está para todo el que quiera acercarse y disfrutarlo, -incluso si su madre tiene problemas leyendo algunas palabras-, y quien hace unas semanas, después de escucharme leer El Progreso del Peregrino, exclamó, “mami, pues si que tuvo el autor un sueño largo”.

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