Un verano restaurador

Hacía muchísimo que no nos sentimos tan bien como este verano. Junio casi termina, con un calor infernal, está previsto que lleguemos por encima de los cien grados Fahrenheit en el fin de semana. En Celsius 100 grados Fahrenheit son unos 37.7 grados según el conversor, pero parecen unos 40 subidos.
Si tuviera que comenzar esto del homeschooling de nuevo, me esperaría a que mi hija mayor tuviera siete años para introducir lecciones cortas. Pero fui madre primeriza, y me pudo más la impaciencia de, según yo, enseñarla lectura y matemáticas, y estar siempre con algunas que otras lecciones y actividades educativas. Ojalá y me hubiera tomado esto con más calma. Pero no soy inmune a la presión, aunque me la provoqué yo misma. No voy a vivir lamentándome, sólo pido en oración que ellas, de adultas, no la tengan, si así ha de ser.
En una de mis últimas cacerías de libros en la tienda del usado, me topé con una familia al completo,  tres niños y sus padres. La madre no hacía más que escoger los clásicos libros de texto de ciencias, o cuadernos de prácticas abandonados, los niños se iban a los títulos populares o cubiertas prometedoras, y cada vez que las dos niñas mayores llegaban con un título en la mano, les decía, ¿y ese libro es educativo?, ¿qué te enseña?, ¿tus maestros te lo han recomendado? Y aquí tengo que aclarar que en las escuelas la mentalidad de “lo que sea con tal que lean” prevalece. No pude evitar sonreirme ante la inventiva de las niñas, las cuales tenían una maña graciosa defendiendo sus opciones y explicando cómo tal y cual título las enseñaba a compartir, a ser amables con los demás, a resistir las amenazas de otros en la escuela (el famoso bullying).
Este verano las niñas me están sorprendiendo con su madurez, su motivación intrínseca por aprender, su amor por observar, su interés insaciable por todo lo que las rodea. Mi segunda hija y la vecina que véis en la foto, de su misma edad, me demuestran ambas que cuando los niños están listos para dar un salto en su aprendizaje (por ejemplo, aprender a leer), no hay quien los pare, y que cuando no están preparados, de nada sirve empujarlos, sólo les haremos daño. También me queda clarísimo que vivir leyendo, aprendiendo, interesados por muchas cosas y disfrutando nuestros quehaceres, es contagioso. Así que he levantado la presión de lo obligatorio, y me he dedicado más a mis cosas, y veo a mis niñas enfrascadas en cocinar, en leer, en hacer ejercicio, en múltiples tareas y ocupaciones que encuentran cada día.
Sí, dar libertad y espacio es lo mejor. Pero ¿adivináis con qué están llenando este espacio? Increíble, ¿o lógico?, mi hija mayor se bajó en su Android y se puso a leer los libros que hemos visto en estos dos años, que resultan los gratuítos, los clásicos de dominio público. Cuando preparo los libros para la pequeña, la mayor se desvive diciendo cómo tal y cual son sus favoritos, lo que recuerda de este, de aquel, y eso que les puso pegas prácticamente a todos ellos. Y les ha quedado a las dos un afán por dar cuenta de todo insecto y animal que ven en la cocina, en la piscina, a la entrada y salida de las tiendas, que me confirma que los niños son pequeños naturalistas, o científicos, genuinamente interesados en aprender de todo y con todo.
No quiere decir que no volvamos a las lecciones. Estamos preparando el terreno, y pronto tendremos de nuevo un ritmo constante y unos títulos que abordar, pero será con calma y paciencia de mi parte. Los títulos que hemos conocido gracias a Ambleside, han sido estupendos. Han aportado riqueza y nos han abierto a un mundo de ideas incomparable. Lo más importante ha sido el aprender a adaptar los horarios, a no ser impaciente con algunos títulos, a ser constante con otros. Y a no olvidar todo lo demás que no son los libros. Estoy segura de que uno puede encontrar títulos en su país, en su lengua, una vez que tenga claros los principios que rigen la búsqueda y selección. Con Ambleside es fácil, y a la vez tiene el problema de querernos aferrar rígidamente a todo el programa, mientras que no tener Ambleside mantiene intacta esa libertad de seguir la voz informada de uno mismo, y no sentir la tentación de copiar al vecino.
Este nuevo curso me ayuda muchísimo el que mi hija pequeña ya lee, y que recuerda bastante de los libros que hace dos años empleamos cuando su hermana tenía su edad. Que lea la pequeña es un regalo, un azar, algo que no debiera cambiar mucho cómo enfocar esto de la educación en familia. Sí que da fuerza y calma, pero sé que no es imprescindible. Lo he aprendido tras casi nueve años. Me ha tomado mucho tiempo. Espero que otros lleguen a estas conclusiones, o semejantes, antes, si es posible. Como imaginé, aunque no me lo terminara de creer antes de verlo, según la pequeña crece, y se suma al grupo de lectores en casa, la mayor se torna más académica pues ya tiene compañía. Aún juegan horas y horas, pero veo que según la pequeña se acerca a los siete (para mí la edad perfecta para comenzar lecciones cortas), ambas están ahora en una misma fase de madurez para ponerse un rato cada día con actividades menos físicas y más intelectuales. Lo que llamamos lecciones cortas, y que yo no podía esperar a ver llegar el día en que se dieran sin protestas y con agrado. Todo por querer acelerar el proceso.
De nuevo pienso que ¡ojalá y hubiera tenido más fe y más paciencia! Si no la tuve yo, quizá algunos lectores se sientan con alas para no preocuparse por las metas miopes de la fonética en lectura y las operaciones matemáticas en la tierna infancia, y que sigan proporcionando a los niños juego, ocasiones numerosas de estar al aire libre y observar, y que no dejen sobre todo de educarse a sí mismos. Más nos vale dejar de presionar a los niños y mirarnos a nosotros con honestidad. ¿Cuál fue la última vez que acometiste la lectura de un clásico o libro que retó tus capacidades?, ¿vives aprendiendo algo nuevo?, ¿escribes, cocinas, decoras, reparas, tejes, vendes? No estoy diciendo que hagas todo a la vez ni que domines todos los campos, pero ¿esperas que tus hijos se ocupen en ciertas actividades o pensamientos, cuando tu vida espiritual, intelectual, y del día a día, refleja un cardiograma plano? Yo así lo hice por momentos, pero este verano me ha pegado una cachetada de humildad, y en medio del calor, me ha traído una brisa restauradora.
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