Humildad

No me parece una palabra de moda. Según la escribo, la palabra humildad suena pretenciosa, huele a cristiandad de pacotilla. Decir que necesito humildad, que aspiro a ser humilde, es un poco como decirse uno delante del espejo, “mira qué guapa estoy”, o a mí me lo parece. Si os confieso dónde me falta estaré cayendo en la falta de humildad nuevamente. No os digo en qué me siento más que nadie, no porque me dé reparo admitirlo, bien al contrario, porque admitir mis faltas tan gallardamente es otro acto de orgullo, estas confesiones públicas a veces no me hacen más humilde sino que inflan mi ego.

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Que sepáis que humildad es lo que necesito a raudales. Sin ella no se puede disfrutar de lo que la vida te brinda, ni aclarar la mirada ni afinar el oído. Y ambas son cosas me hacen falta. Así que creedme cuando os digo que, sin pretensiones ni fingimientos, aspiro a ser menos orgullosa y más humilde.

Me rodean personas sencillas, que saborean su vida y se llenan de gozo viendo pasar la maravilla de lo cotidiano, hoy una de estas personas le ha dado sin saberlo un pequeño codazo a mi alma y me ha despertado a la conciencia y sobriedad de querer llenarme del vacío tan sereno que la humildad promete. Humildad es lo que, al faltarme, más ansío.

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