El patio de mi casa

Esta soy yo con ocho años y un vestido ibicenco que me trajo mi padre de uno de sus arbitrajes en segunda regional. Con esta edad vivía en la calle Sagrados Corazones, en un barrio del paseo de Extremadura.

El pasado mes de enero, cuando mi padre aparcó el coche frente al portal y bajamos Steve, mi hija mayor y yo, se me cayó el alma a los pies. La calle era estrechísima, no la recordaba así. El tramo de la iglesia parecía algo más espacioso, pero no era el lugar que recordaba, el patio interior ahora era aparcamiento, y a pesar de hacer bueno, no se veía, para ser vacaciones, a niños en las calles como estábamos nosotros tirando la pelota contra la pared de aquel patio trasero o bajando por la rampa en bicicleta. ¿Dónde están los niños? Eso es otro tema.

El bar de siempre, que no es que lo recordara con gran cariño sino con repugnancia, se me hizo tan encogido, y lo atendían un par de chicas jóvenes porque de seguro habrá cambiado de dueño en treinta y pico años varias veces, si es que los que lo llevaban cuando era pequeña aun viven. Mi padre después de pasear y ver un rato ya quería irse, yo quería seguir bajando desde esta calle a la otra, persiguiendo los recuerdos con mis amigas, como si por insistir una pequeña luz pudiera abrirse paso y rescatar aquellos años extrañamente dorados. Lo que hubiera deseado poder entrar en mi antigua casa. O mejor no, quizá hubiera llorado de locura al ver que mi habitación donde leía cómics de Asterix con mi abuela sentada al pie de la cama, era no más que un cuartucho para algún alma desolada buscando algún sucio consuelo.

El tramo del portal a la carretera general que cruzaba a diario para ir al colegio era mi camino de caperucita, pánico daba cruzarlo sola si llegabas tarde por haber tenido que volver por el chándal y las zapatillas de goma Tórtola para hacer gimnasia. Del lado de acá de un tunel que cruzándolo llegas a la casa de campo, estaba la puerta de mi colegio de monjas, y del lado de allá del tunel, la otra sección del colegio de quinto a octavo a la que nunca llegué a ir pero que siempre cruzábamos para ir a la casa de campo. Qué decir de la reja carcelaria y muro vomitivo que tapa la vista al colegio Divino Maestro. Aun sigue, me dijo un viejito con quien estuvimos hablando un trecho, ahora es subvencionado o algo así, según él hay muchos niños de latinoamérica. Como eran vacaciones estaba cerrado. De nuevo me hubiera gustado tanto entrar, pero qué tal si el colegio tampoco era precioso. Las monjas algunas eran de ojito al canto, que te entraba un gusanito en el estómago de ir de una clase al salón de actos donde ensayábamos música porque ir sóla por los pasillos como te pillaran, aunque fueras a un destino legal a hora legal, ya el hecho de deambular sola te daba un cosquilleo de rebelión entre culpable y emocionante. Pues según el viejito, que pasa al colegio porque lo abren para votaciones, el colegio es muy majo… quién sabe qué fue del tobogán donde la que hacía de tapón terminaba lisiada de la espalda, y eso en colegio que antes era sólo de niñas, con monja fumando Ducados al cargo de llamarnos la atención. Que eso nos dejaba, pero llevar borrador a clase era primer grado, por lo que a mis hijas les divierte que les cuente que la miga del pan es un sustituto algo miserable de los borradores pero que te saca de un apuro.

Volviendo al túnel, estaba lleno cómo no de grafitti con una o dos tés no sé cómo va el rollo, sí que está de espanto, pero eso ya viene de mi época. Con decir que de vuelta a la calle donde teníamos el coche nos topamos con un grupo de porreros cincuentones, y la depresión que me cayó de ver el barrio inundado de tachones, porque ni graffiti ni mandangas, lo que está es sucio, decaído, en coma etílico, y no es mi percepción, mi padre también sintió lo mismo, mi marido dijo que se veía una zona muy malograda de Madrid.

Pues a pesar del choque de recuerdos y la mancha en la memoria que me hice, no todo fue agua de alcantarilla, porque en la casa de campo, en la que al menos pudimos respirar, con el parque de atracciones del otro lado, los pájaros mezclando sintonías con los hombres jugando petanca y tute, y niños jugando en los toboganes y sube y baja, mi hija fue feliz. La ví saltar, correr alrededor de las mesas donde mi madre, sus amigas, y toda la chiquería merendábamos durante tardes que eran siglos, donde el tiempo se paraba y la sensación de libertad y felicidad eran interminables. Ella está forjando sus memorias, para ella el parque, Madrid, mi barrio, el túnel, la barandilla a la que se sube todo niño y que ella también atacó recibiendo, cómo no, la reprimenda de alguien que siempre pasa cuando estás montándote en ella. Y la papelería, que aunque se mudó a un local cercano sigue ahí. El mismo olor a papel y libros que tienen las papelerías de barrio, la misma sensación con una persona en el mostrador que te saca tantos modelos de bolígrafos que no puedes decidirte. Sigue habiendo bolis bic, ahora los de colores los hay tipo retro, el que yo usaba que era la bomba, y otros más estilo sci-fi (ciencia ficción) metalizados y con colores eléctricos.

Comprendí, salvando las distancias y la calidad literaria, aquello que escribiera Brian Friel, autor irlandés, en su cuentito Among the Ruins, recopilado en su libro de cuentos cortos The Diviner y del que oí gracias a Stephanie. Su memoria al volver al lugar de su infancia se arruga. El bosque mágico no son mas que un puñado de árboles en ruinas, pero su hijo está forjando en ese mismo lugar, memorias de la infancia que quizá a su vez, repitiendo el ciclo, venga a cambiar por otras al ser padre, sólo para contemplar cómo su hijo a su vez juega con la misma vehemencia y ensoñación con que lo hacía él mismo cuando tenía por delante la eternidad que sólo roza la infancia.

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9 comments on “El patio de mi casa

  1. Te leo siempre, aunque creo que nunca te he escrito un comentario… Creo que a todos nos pasa lo mismo al volver… Yo crecí en un pequeño pueblito cercano a donde vivo ahora… Para mi y mis amigos era todo el universo… Ahora, cuando vuelvo, son solo 5 por 9 cuadras, nada más… Pero tampoco nada menos… Porque lo mejor está en mis recuerdos…

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  2. Jajaja, sí, volver es un cuento… Yo iba de vacaciones a un pueblo donde tenía casa un tío de mi padre y para mí era inmensa. Hace dos años fui y me reí de lo pequeña que es; no entiendo cómo cabíamos 40 personas en ella! Y aunque está remodelada y muy diferente a como yo la recuerdo, en mi mente está intacta 😉 Un abrazo.

    Ah! Y que linda niña! Mira que tus hijas se parecen mucho a ti.

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  3. Maricarmen, pues no sabes cómo me siento de haberte leído yo por primera vez… ya no me cabe duda, con este comentario tuyo confirmo que soy una persona muy bendecida, con muuuucha estrella. Siempre recibo los comentarios que en ese momento necesito. Palabras de ánimo de amigas, o palabras de presentación como las tuyas que me saben a gloria.

    Encantada de saber que me lees, lo aprecio mucho.

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  4. De veras? Porque la última vez que me dijo Pilar que la mayor se parecía a mi, y le dije que era la primera vez que lo oía porque siempre me decían que se parecen al padre las dos, me soltó que sí, se parecía a mí en la boca… ja ja ja, que es lo más desacertado que tengo, ja ja ja.

    En fin, te quiero mucho. Es curioso cómo seamos de donde seamos, tenemos sensaciones parecidas en cuanto a los recuerdos de los lugares de recreo de la infancia, verdad?

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  5. ¿Tu boca lo más desacertado? ¡Anda, que noooo! A mí me encanta, y también tu sonrisa =).
    Si Zinnia dice que las niñas se parecen a ti, es cierto ;). Y esta foto, que también me encanta, lo confirma :).

    Yo, cuando vuelvo al barrio de mi infancia, me parece también muy pequeño y también muy triste. En mis recuerdos era un barrio grande, alegre, lleno de niños jugando siempre en la calle, excepto en las horas de colegio, claro. Ahora ha cambiado mucho, pero lo más triste de todo es ver que los niños ya no juegan en la calle… Es increíble cómo percibimos las cosas cuando somos niños: qué grandes que son, y qué infinito es el tiempo, ¿no te pasaba que el verano se te hacía eterrrrnoooo? Y ahora el verano es taannn, pero taaannnn corto… :).

    Silvia, besos para ti y las hadas; también besitos para ti, Zinnia =).

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  6. Pilar, cuando el carinio por mi llega a estos limites, creo que ya te descalifica para comentar con un minimo de imparcialidad, ja ja ja, claro que quien quiere ser imparcial con las amigas, no? Aunque me parece que, sabiendo ahora que tu sentido del humor es enorme, que las primeras dos oraciones son pura guasa, no? ja ja ja… yo por si acaso me rio, porque me tomo muy en serio y eso tiene que cambiar.

    Ains… diria la Meni, que es verdad, que cortos los veranos que antes no terminaban… puedes creer que hasta yo, que soy medio pez, me cansaba de piscina… je je je… bueno, es que para finales de verano el pelo lo teniamos todos verde y neon del clorazo que tenian que poner en la piscina de la urbanizacion…

    Y abrazos de todas a vosotras, siempre, chicas, que os extranio un monton.

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  7. Que bonita estas en la fotito,ya tenes carita de inteligente ahi…jeje
    Y que bello eso de “la eternidad que sólo roza la infancia”,eh?…te deja pensando y deseando que ahi se queden nuestros chiquitos.
    besitos
    Marina

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  8. Silvia no te lo vas a creer, pero yo viví hasta que me casé en Virgen del Puerto, en el bloque pegado al Parque de Atenas que a su vez colindaba con los jardines del Palacio Real. Vamos que hemos sido vecinas ja,ja…Yo estudié en el colegio de las franciscanas hasta octavo de EGB y luego en el instituto Gran Capitan (estaba al lado del Vicente Calderón)
    Cuando me casé nos fuimos a la sierra y mis padres a Málaga por lo que no he vuelto al barrio. Pero alguna vez que vamos a Madrid, me parece como a tí y eso que han dejado el Manzanares arregladito, ja,ja…
    Un fuerte abrazo.

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  9. Que cosas y coincidencias de la vida, verdad Paloma? 🙂 si, aunque han dejado el Manzanares arregladito no es igual, verdad?
    Yo tambien tengo memorias del barrio de Maria, porque mis mejores amigas, hermanas, de la carrera, vivian donde ella vive, no en su barrio barrio, pero en su localidad, y de la sierra donde vives tambien tengo mis recuerdos, aunque hace anios que no voy, esta vez pasada no pudimos aunque quisimos, visitar y visitarte, pero tambien una amiga en mis anios de carrera era de alli y muchos fines de semana ibamos a su casa, dormiamos unas amigas en su casa, y luego paseabamos y saliamos a tomar algo juntas… ademas tambien con una furgoneta vendia chicles de la casa Trident y caramelos halls, ya abastecia al estanco grande y precioso de una de las plazoletas, y una pasteleria tambien grande hacia la entrada.

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